Desde que comencé mis estudios en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos en Valencia intenté obtener cierto reconocimiento del Tatuaje por parte del Estamento Artístico, el Etabilishment del Arte con A mayúscula, La Academia. Lamentablemente este esfuerzo fue poco menos que vano. Me dí cuenta pronto que la Institución, mucho más rancia y parapléjica de lo que pretendía aparentar bajo ínfulas de modernidad, no estaba interesada en modo alguno en aceptar el tatuaje como forma de Arte. ¿Porqué?, en parte por el cierto tufíllo a barriobajero que aún sentían al respecto y probablemente por el inexistente valor especulativo mercantil que tiene el tatuaje.

Este último aspecto es una de las cosas que siempre me fascinó al respecto, una forma de Arte sin intermediarios, saguijuelas, sin galeristas, sin museos y sin especulaciones, donde artista y cliente pactan directamente qué y cuanto, no hay más. A diferencia de un cuadro o una escultura no hay posibilidad de reventa especulativa. Probablemente estamos ante la primera muestra real de Arte Popular en toda la historia.

Hay que ser muy miope para no ver que, cuando tengamos cierta perspectiva histórica, al hablar del Arte de finales del s.XX y principio del XXI inevitablemente tendrá que haber un hueco importante para el Tatuaje, una de las disciplinas que actualmente genera más posibilidades de trabajo a los artistas de todo el mundo. Aún así, a día de hoy, la Facultad sigue dándonos la espalda, considerando el tatuaje poco menos que una frivolidad anecdótica y sin incluirnos en sus programas docentes. Vergonzoso. Con su empeño conseguirán finalmente que la carrera de Bellas Artes acabe de modo real por no servir absolutamente para nada.

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